La industria textil

La industria de la confección, una industria global

 

El comercio internacional de tejidos y de prendas de ropa está retrocediendo cientos de años en lo referente al respeto de los derechos laborales. La industria del vestido está enormemente globalizada y controlada por cadenas de proveedores que conectan países, trabajadores y trabajadoras, y personas consumidoras de todo el mundo.

 

Estos consumidores y consumidoras en cualquier parte del planeta se gastan alrededor de tres mil millones de dólares norteamericanos al año en ropa, y aproximadamente una tercera parte de las ventas se registra a la Unión Europea, otra tercera parte en Norteamérica y una cuarta parte en Asia.

 

El sector del vestido está dominado por sólo unas cuántas grandes firmas. Estas compañías trabajan principalmente con minoristas, que constituyen la vertiente lucrativa de la industria del vestido, mientras que la fabricación de las prendas de ropa se subcontrata en cualquier parte del mundo.

 

Actualmente, gran parte de la producción de ropa se lleva a término en el denominado Sur global, en países de Asia, áfrica y América Central, donde los salarios son bajos y se estimulan las exportaciones. A menudo, las transacciones se hacen a través de un entramado complejo de agentes, subcontratistas y fabricantes. Esta parte de la industria está tan fragmentada que las empresas que comercializan los productos finales a menudo no saben exactamente dónde y en qué condiciones se han fabricado.

 

La mayor parte de la mano de obra del sector del vestido son mujeres jóvenes de entre 16 y 24 años. En muchos casos, chicas jóvenes de zonas rurales migran a las ciudades para trabajar en fábricas textiles con objeto de poder ganar dinero para la familia. En otros casos, las trabajadoras son madres con hijos a su cargo.

 

La contratación de mujeres es muy superior a la de hombres por el hecho que, discriminatoriamente, a éstas se les puede pagar un salario más bajo. Las mujeres están estigmatizadas socialmente y a menudo se las ha privado de la educación que sus compañeros del sexo contrario sí que han recibido, por esto se las considera menos capaces de organizarse y de denunciar las dificultades por las cuales pasan tanto dentro como fuera de su puesto de trabajo.

 

Además, las mujeres trabajadoras tienen más probabilidades de sufrir acoso que los hombres. Esto puede incluir insultos, abuso sexual y maltrato físico. Si intentan de denunciar su situación y organizarse para mejorar las condiciones de trabajo, se las amenaza con el despido. Las interminables horas extras hacen que las mujeres salgan de trabajar en un horario en qué no hay un medio de transporte seguro por llegar a casa. Como resultado, son vulnerables a los acosos sexuales y los ataques físicos a altas horas de la noche.

© CRL Campaña Ropa Limpia